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![]() ![]() ![]() Laminaria hyperborea, laminaria ochroleuca y saccorhiza polyschides (Findkel.org). |
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Por Marcelino Laruelo.
Los que fueron enviados a la horma escolar en los primeros años sesenta del siglo de las dos guerras mundiales, tal vez sean la última generación que creyó de buena fe en lo infinito e inagotable de la Tierra y sus recursos, y en la bondad de una ciencia y una tecnología cuyo poderío y avance parecían ilimitados. Pero en pocos años, en la “escuela de la vida”, como diría el sociólogo Ignacio Fernández de Castro, los hechos desmintieron aquellas creencias. Todo se volvió, de repente, limitado, cuantificable y agotable a plazo fijo. Hasta el mar, despensa común de los pobres, en el que cualquiera con una cañavera y un sedal podía sacar algo para la cena de casa; ese mar fue esquilmado y envenenado sin piedad. Las ideas se tuvieron que ajustar a la realidad de lo que empezamos a llamar “navío espacial Tierra”, en el que “todo está relacionado con todo”. La ciencia y la tecnología, limitadas y falibles ya, se mostraron, en lo fundamental, como herramientas al servicio del capitalismo para amontonar beneficios sobre beneficios. La depredación y la contaminación alcanzaron los últimos confines y las selvas empezaron a ser cartografiadas y parceladas. Los bosques, resumen de la naturaleza no sometida, retrocedieron a sus últimos baluartes en las escarpaduras más inaccesibles. También hay bosques en el mar, unos extensos bosques de grandes algas pardas que, protegidos por las aguas, cabría suponer a salvo de cualquier asechanza. Craso error. Un suceso sorprendente La Naturaleza no tiene gabinete de prensa, las grandes algas pardas que formaban los bosques de los fondos marinos del Cantábrico, tampoco. Tal vez por eso no se pueda saber la fecha exacta ni la causa que inició ese fuego sin llama que acabó con los bosques milenarios dentro del agua. El mar que protege, también oculta. El profesor de Universidad Rico Ordás acudió a la Concha de Artedo, tan familiar para él, una mañana de la primavera de 2007 a realizar unas prácticas en un bosque de algas, pero el bosque había desaparecido. Se dirigió entonces a la zona del puerto de Cudillero, donde eran muy abundantes. Idéntico panorama desolador le esperaba bajo las aguas. Algo grave debía estar ocurriendo. Por observaciones propias y por la información que fue obteniendo de pescadores, recolectores de ocle y buceadores deportivos, el profesor Rico Ordás pudo establecer que los bosques de laminarias habían desaparecido de la costa asturiana. Se trata, principalmente, de tres tipos parecidos de macroalgas de color pardo que viven a diferentes profundidades: la saccorhiza plyschides, la laminaria hyperbórea y la laminaria ochroleuca. Su distribución alcanzaba desde Noruega a Canarias y son conocidas en todo el mundo como kelp. La importancia ecológica del bosque, incluidos los bosques submarinos de kelp, viene dada porque acogen, protegen y alimentan a centenares de especies diferentes, en este caso, peces, invertebrados y otras especies de algas. Los bosques de kelp son los ecosistemas más productivos y dinámicos de la Tierra. Nunca suele haber una sola causa En ese período entre 2006 y 2007, un paisaje desolado y fúnebre de tallos (estipes) desmochados sustituyó a la umbrosa ondulación llena de vida de los bosques submarinos asturianos. Y cuando muere el bosque, no sólo se empobrece el ecosistema, sino que se da la costosa alerta de otro ataque a las condiciones de vida en “el navío espacial Tierra”. Los bosques de kelp, que sobrevivieron al Prestige, cuentan con enemigos naturales: los temporales y grandes oleajes, que los arrancan y arrojan a las playas; los bancos de peces herbívoros, como las sobogas, tan abundantes en el Cántabrico ahora; y las enfermedades. Sin olvidar que, hace años, se pagó a submarinistas para talar el bosque en algunas zonas y favorecer el desarrollo de las algas rojas (gelidium), de mayor interés económico. Pero ni la contaminación ni lo demás puede explicar tan súbita y radical extinción. Las autoridades pesqueras asturianas y el departamento de la Universidad que dirige Rico Ordás firmaron acuerdos anuales en 2009; 2010 y 2011 para investigar y conocer la situación real de los bosques de laminarias en el litoral asturiano, su evolución y tratar de descubrir las causas del desastre. Jesús Alvarez coordina desde hace tiempo la actividad de varios barcos que se dedican a la extracción de ocle. Miembro del equipo de Rico Ordás, buceó y exploró los fondos antes ocupados por los bosques de kelp, entre el Eo y el Nalón. En 2009, el 90% de los campos de laminarias había desaparecido. Al año siguiente, se observó un aumento en la superficie ocupada, pero en 2011 se produjo otra notable regresión. Según Rico Ordás, las laminarias supervivientes se reproducen, pero los nuevos individuos presentan mal aspecto y mueren antes de alcanzar la madurez. Solamente la saccorhiza plyschides, de aguas menos profundas y ciclo anual, presenta indicios de una posible recuperación. Jesús Alvarez advierte, entristecido, de los cambios y fenómenos extraños que se están produciendo en el mar.
Investigaciones realizadas en las costas canadienses y noruegas, en Galápagos y en Nueva Gales del Sur, coinciden en señalar que un aumento de la temperatura de las aguas costeras puede provocar una disminución de la fotosíntesis y de la tasa de crecimiento en estos bosques marinos. Asturias es una región fronteriza en la que los componentes ecológicos están en tensión entre las aguas más templadas de Cantabria y el País Vasco, y las más frías de Galicia, donde, en pleno verano, afloran aguas profundas a 13º y las condiciones son similares a las de las costas bretonas, irlandesas y del sur de Inglaterra. En 1980, se detectaron ejemplares de saccorhiza y L. ochroleuca por primera vez en una zona tan oriental del Cantábrico como el puerto de Elanchove. Sin embargo, Joël Cosson, biólogo de la Universidad de Caen, documentó en 1999 que L. digitata casi había desaparecido del sur de Bretaña, reemplazándola una especie invasora (Sargassum muticum). En Portugal, los bosques marinos han retrocedido, y en Galicia, su situación es tan desastrosa como aquí. Aceptando sin reparos que la actividad humana provoca el calentamiento global del planeta, para achacar la desaparición de los bosques de kelp a un aumento de la temperatura del mar se necesita una mayor comprobación, porque se carece de series históricas y fiabilidad en las mediciones. Y porque resulta difícil de explicar que algas que vivían desde Noruega a Canarias vayan a ser tan sensibles a la temperatura.
En la noche de los tiempos se hunde la raíz de esa querencia que aún pervive en tantos pobladores de la costa que caminan junto a la linde blanca de las olas mirando si el mar arrojó a tierra algo de provecho. En las bajamares, el mar descubre o deposita alimentos y tesoros, cristos irlandeses y carbón de los naufragios. Varias veces al año, tras los temporales, cubre las playas con un manto de algas que genéricamente se llama ocle. En los pueblos de la costa astur, los carros de bueyes bajaban a las playas y regresaban a las caserías cargados de ocle. Recibían las praderías este abono marino que mejoraba calidad y producción, al tiempo que daba a la hierba un toque salado tan del gusto de sus comensales. En Gijón, los pescadores no recogían ocle porque había pesca de sobra. Los baños de carquexa, en los balnearios playeros, eran el mágico remedio oclero antes de la llegada del pastillerío. Unos pocos pioneros iniciaron la recolección del alga roja para la industria farmacéutica de Barcelona o Burgos. A finales de los sesenta, llegaron otros más pobres que los de aquí, “los portugueses”, que encontraron en el ocle de la playa de San Lorenzo un recurso más para la dura subsistencia. Hubo una “fiebre del ocle” que abrió el camino de la mecanización, de los buzos profesionales, de las lanchas y de los tractores que bajan su agrarismo a las playas para recolectar el ocle de arribazón. De aquel primitivo uso agrícola, las algas se utilizan hoy en las industrias farmacéutica, cosmética y, como aditivo, en la alimentaria. De las grandes algas pardas de los bosques de kelp se obtiene el alginato, utilizado como espesante, estabilizante y gelidificante, y en productos de odontología. Un gran botánico y ficólogo gijonés Con veinte, en los veinte del veinte, un muchacho gijonés de la arenera calle Ezcurdia cruzaba a nado, en los veranos, la playa; practicaba el naturismo en las casi dunas del Piles y en La Ñora, y se enrolaba con los pescadores en las lanchas y en los chigres. Fue el que levantó el acta científica y notarial de las algas de nuestro litoral. Faustino Antonio Miranda González, hijo del catedrático de matemáticas del Instituto Jovellanos, Hugo Miranda, también natural de la villa, estudió Ciencias Naturales en Madrid. Con una beca de la Junta para la Ampliación de Estudios viajó a Francia y realizó su tesis doctoral: “Sobre las algas y cianofíceas del Cantábrico, especialmente de Gijón”, premio extraordinario en 1929; editada en 1931. Catedrático
de Ciencias Naturales del Instituto de Gijón, previo paso por
los de Lugo y Pontevedra. En los pedreros del contorno documentó
313 especies, 60 de ellas, por primera vez en España. Era el
comienzo, pero con la guerra y el avance franquista, los Miranda huyeron
de Gijón y Faustino terminó exiliándose en México.
Profesor e investigador de la UNAM, fue nombrado presidente honorario
de la Sociedad Botánica de México. Lejanos los tiempos, en el olvido arrumbados por la conveniencia política, cuando el gobierno asturiano creaba la Agencia del Medio Ambiente inspirándose en la EPA (Evironmental Protection Agency) norteamericana. En la deriva total del capitalismo hacia la inmoralidad, la avaricia y la delincuencia, lo que suponga un freno, lo que no se someta y pase al colaboracionismo, desaparecerá: la protección del medio ambiente es hoy una oficina de visados adosada y a órdenes de los grandes destructores oficiales: Fomento, Urbanismo, Agricultura y Pesca... El gobierno de Alvarez Cascos lleva pocos meses, pero ya se le podría preguntar qué es lo que piensan de la extinción de los bosques de algas y qué van a hacer, si es que son conscientes de ello y sus consecuencias. En la Consejería de Fomento hay una Dirección General de Medio Ambiente, pero parece inclinarse más a cuestiones técnicas, como la calidad del aire, del agua y por ahí. Hay una Dirección de Recursos Naturales, pero da la impresión de ser un club de caza y pesca que acaba a la orilla del mar. Y existe una Dirección General de Pesca que bastante tendría ya con enfrentar la dramática situación del sector y la desaparición, precisamente, de la pesca; así que como para creer que vaya a preocuparse y ocuparse de la extinción de los bosques de algas. Tal vez sea “un fenómeno natural”, pero todo indica que los bosques de algas son los centinelas avanzados que mueren dando la alerta del ataque, el ataque de la contaminación y el calentamiento global. No haría falta decir, incluso a las mentes más obtusas, que se debe continuar y reforzar la investigación y el estudio para establecer las causas del desastre y sus remedios. Y habrá que reforestar el mar antes de que se convierta también en un cotoyal improductivo, como los montes asturianos. Y aquella acta notarial
que Faustino Miranda levantó pateando los pedreros de Gijón,
Candás, Luanco y Avilés, cuando el mar gozaba de buena
salud, podría ayudar hoy al diagnóstico de la enfermedad.
Y el mar, origen de la vida, también es parte de la economía,
de los recursos y hasta del I+D+i. Parece mentira que haya que decirlo.
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